Llevo varios días entre sorprendida y enfadada con algunos comportamientos, que a mi juicio, son poco responsables y empáticos en la ciudad en la que vivo en relación a las medidas de seguridad necesarias para la contención y protección de la covid-19.

Algunas personas se han manifestado exigiendo o reclamando “libertad” y mientras lo hacían, ponían en riesgo su salud y la del resto. Y ahí es donde entra en juego algo que me enseñaron desde bien chiquita: “mi libertad limita con la tuya” y me hace reflexionar sobre las relaciones, el poder, el bienestar, la pertenencia.

Mi vida, la tuya, la nuestra están íntimamente relacionadas. Mi bienestar, el tuyo, el nuestro están interconectados. ¿O no? Quizá resulta que no para todas las personas o no de la misma manera. Quizá hay personas que entienden que mi bienestar en mi problema y sólo mio y el suyo es suyo y hará lo que sea para conseguirlo. Y si para lograrlo, se pone en riesgo la salud comunitaria, pues es el precio que se tiene que pagar, y lo pagará el resto, claro. Quizá es así como parece que esa persona entiende el mundo, “su mundo”. Un mundo donde los privilegios forma parte de las relaciones y no se está dispuesto ni dispuesta a perderlos ni a cederlos.

Y aunque las primeras semanas de este periodo de confinamiento escuché muchas voces visibilizando los comportamientos solidarios, propios de una sociedad donde lo que le sucede al vecino o vecina es importante, ahora parece que percibo la otra cara de la moneda. Comportamientos donde lo que sucede más allá de mi realidad no existe y/o no importa, comportamientos que mezclan una mirada muy cortoplacista y egoísta de la situación, donde incluso se niega la dimensión de la dificultad que estamos viviendo a nivel local, nacional y mundial, donde oponerse a la autoridad o las normas se vincula a un acto de defensa de los valores democráticos, cuando no hay mayor defensa de la democracia que la defensa del interés general.

Y si lo pongo en primera persona, entiendo que la gestión emocional de una situación como la que estamos viviendo, donde la incertidumbre y lo desconocido se abre paso a cada semana, nos deja en un situación de indefensión y de aprendizaje constante.

Por supuesto que es importante que tengamos una mirada crítica hacia quienes nos lideran, bien en nuestros trabajos, en nuestros vecindarios o ciudades. Si bien, esa mirada crítica también debemos dirigirla hacia mi misma, hacia lo que he sido hasta ahora, mi propio modelo de vida.

A nadie le gustan los cambios no elegidos, y resulta evidente que todas las personas estamos viviendo, en mayor o menor grado, un duelo. Estamos perdiendo un estilo de vida, un trabajo, un familiar, nuestra propia salud, o sencillamente, las certezas que nos hacían sentir seguras y seguros en este mundo incierto.

Desde mi punto de vista toca hacerse una pregunta fundamental. ¿Lo que voy a decir, hacer o escribir, ayuda al interés general además de a mi misma? ¿Eso que quiero hacer, decir o escribir me beneficia o me sienta bien a mi pero perjudica o puede hacerlo a alguien más? ¿Qué impacto puede tener lo que yo decida hacer o decir?

Si algo se ha puesto de relieve, a mi entender, en esta situación es que resulta imprescindible poner el foco en el bienestar interconectado. Y esta realidad no sólo se aplica en tiempo de crisis ni sólo para la población más vulnerable, sino en todos los contextos ni circunstancias.

Piensa un instante en tu equipo de trabajo, en tu familia, en tu grupo de amigos y amigas, piensa en tu barrio, en tu entorno. ¿Qué sería poner en el centro el bienestar interconectado? ¿En qué cambiaría tu forma de relacionarte? ¿Qué dejarías de hacer o harías de otra forma? ¿Cambiarían tus prioridades en cuanto a dónde emplear tu tiempo o tu dinero?

Miremos fuera y dentro, reflexionemos y actuemos de la manera más congruente posible, con quienes somos y con la sociedad que queremos contruir.

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