En estos momentos, gran parte de Europa y de otros lugares del mundo, estamos confinados en nuestros hogares, quienes tenemos la suerte de tener uno. Confinadas las personas y también interrumpidos gran parte de nuestros planes. De repente, todos esos planes que llenaban nuestra cabeza y que incluso nos estresaban, ahora han resultado totalmente prescindibles. Quizá nos apene, nos moleste, nos incomode, pero han resultado prescindibles. Han sido cancelados sin remedio, sin vuelta atrás. Ese momento es irrecuperable, será otro, con suerte, pero el que ya no fue, no fue.

Y han aparecido otros instantes, otro tipo de encuentros, infinidad de propuestas para aliviar ese aislamiento. Aunque, y sé que no sólo me ha pasado a mi, aislada, lo que se dice aislada no he estado en ningún momento. Es más, he tenido que forzar el aislamiento apagando el móvil horas antes de lo que lo solía hacer antes, me he puesto más seria con la meditación para encontrar algún momento de silencio o de escucha interior, he reducido las horas dedicadas a ver ficción porque lo que me pide mi cuerpo es estar conmigo en estos momentos tan agitados y complejos. Mi mente me pide a gritos ser escuchada, ser atendida y dejar de estar entreteniéndome, dejar de estar hacia fuera sin ser capaz de digerir lo que está sucediendo a mi alrededor.

La vida ha sido frágil y las personas hemos sido vulnerables a los caprichos de la vida y sus circunstancias siempre. Eso no es algo que esté sucediendo ahora, sino que ahora lo vemos, lo sentimos, ahora no podemos evitar percibirlo. Bueno, si podemos evitarlo en la medida que llenamos nuestro día de actividad. Y no lo juzgo, solo observo lo que es un hecho. Hoy, en estos momentos, más que nunca, el vacío es más profundo y la necesidad de llenarlo (comiendo, comprando, hablando por teléfono, viendo series, haciendo ejercicio) mayor. En la medida en que no seamos capaces de sostener el vacío, creo que nada nuevo nacerá de este momento único, diría que histórico.

No sé si en los últimos 50 años ha pasado algo tan impactante en términos de vidas, en términos económicos, en tan poco tiempo y de manera tan global.

Y, aunque son muchas las voces que afirman que esto puede ser el punto de inflexión para recuperar la colectivo, lo comunitario, lo público, lo de todas y de todos, tengo la sensación que sólo estamos esperando el momento para recuperar lo que éramos, la vida que teníamos, los planes interrumpidos. Quizá ha aparecido una llamada que nos ha dicho que es el momento de cambiar nuestra jerarquía de prioridades, de decir o agradecer a nuestros seres queridos, de dedicar tiempo a eso que tanto nos apasiona. Es posible que eso esté germinando en el interior de muchas personas, pero necesitamos, desde mi punto de vista, hacer una reconstrucción global.

Ahora que nos sentimos enjaulados, quizá muchas personas se pregunten si tenemos derecho a desposeer a los animales de su libertad y de hábitat para nuestro entretenimiento. Quizá que ahora vemos cómo los canales de Venecia o los cielos de las grandes urbes están recuperando su pureza, podamos comprender que nos estamos envenenando sin remedio nuestro propio medio ambiente. Nuestro estilo de vida es un virus para el planeta destruyendo ecosistemas y especies sin remedio, sin inmutarnos.

Hemos, como sociedad, apostado todo nuestro bienestar a la cultura de lo productivo, de ser más eficiente, de hacer más y más cosas, de ganar más y más dinero, de poseer más y más propiedades y hoy, ahora mismo, nada de eso nos protege. Somos mamíferos, seres sociales y nos necesitamos mutuamente. Somos interdependientes, aunque nos vendan y lo hayamos comprado, que competimos por recursos escasos.

Nuestro bienestar, nuestra felicidad, como esta crisis está poniendo en evidencia, no está en las cosas. Toca decidir dónde queremos poner nuestra energía, nuestro amor, nuestro tiempo, nuestra creatividad, nuestro corazón, nuestro cuerpo, nuestro intelecto y nuestra alma.

Este momento nos interpela a todas las personas y a todas las organizaciones. Es una responsabilidad propia y colectiva. No creo que haya que dejarla en manos de nadie. Es importante que cada persona responda a la pregunta ¿Qué quiero poner en el centro de mi vida? ¿Qué quiero que esté en el centro de la sociedad que habito y construyo?

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