He estado este fin de semana en una formación donde nos han hecho reflexionar (y experimentar) sobre nuestro poder en el propio grupo y cómo lo jugamos, es decir. ¿Qué hago consciente o insconscientemente para obtener el poder en el grupo? ¿Cómo logro tener influencia, carisma o aceptación dentro del grupo?

Y como cada persona somos un mundo y nos hemos criado en una familia distinta (la familia es nuestro primer grupo donde comenzamos a buscar nuestro “poder” para ser queridas y cuidadas), cada una lo hacemos de una manera diferente. Puede que utilicemos el humor, generar buen clima, chascarrillos, bromas, aligerar los momentos de tensión. Otras personas les sale mejor generar complicidades y vínculos, establecer momentos de intimidad donde las personas se sienten seguras. Otras les resulta más natural visibilizarse y ser influyente desde mostrarse como una persona con sabiduría, con conocimiento o experiencia que pueda ser valiosa para el grupo y su bienestar. Otras personas se les da de maravilla aportar afecto, cariño, calorcito, miradas generosas, conversaciones donde interesarse de verdad por las necesidades de las otras personas. Y así podría seguir dando ejemplo de las formas que utilizamos las personas para ganarnos al resto.

Y aunque suene mal, que parezca manipulación o actuación, es, en realidad, la forma que tenemos las personas de generar vínculos, comunidad. La forma que tenemos de hacernos útiles e importantes en los grupos.

Te propongo que hagas una reflexión en tus grupos de referencia. ¿Qué poder tienes? ¿Te echarían de menos en qué momentos y para qué situaciones? ¿Eres la persona que soluciona, la que le pone acción o la que aporta el humor o el cariño? Obviamente nada es excluyente ni absoluto. Posiblemente depende de los momentos y de tu propio momento vital, pero seguro que encuentras un hilo conductor, algo que se repite a lo largo de los años y a lo largo de los grupos.

Seguro que no en todos los grupos te muestras igual, ni desarrollas exactamente el mismo rol, entre otras cosas porque los grupos, como las personas, son también únicos y quizá en tu familia ya está ocupado el papel de gracioso, pero en tu grupo del trabajo eres lo más.

A lo largo de los años hemos perfeccionado nuestra manera de “ser poderosos/as”. Comenzamos por hacernos un hueco en nuestra familia de origen y desde ese momento hemos aprendido lo que funciona y lo que no y en qué momento utilizar unas armas u otras. Muchas son conscientes y otras muchísimas no. Y lo interesante, desde mi punto de vista, es que cuanto antes te pilles en tus automáticos más libre serás, más fácil será que dejes de usar algunos juegos.

¿Y porqué iba a dejar de usar esos “juegos” si los he perfeccionado, los tengo ensayadísimos y me funcionan? Básicamente porque tienen un coste. Me explico. Si mi manera de ser aceptada en los grupos es ser una cuidadora nata y ocuparme de las necesidades de todo el mundo menos de las mías…¿Qué precio estoy pagando?. Si mi manera de ser la empleada y compañera de trabajo top es ser la más perfeccionista del mundo y hacerlo “todo bien” ¿Qué precio estoy pagando?

Actuar desde ese rol nos limita profundamente, nos encierra en una jaula, nos secuestra impidiendo explorar el cuidarme yo o el cometer errores siguiendo con los ejemplos anteriores. No se trata de dejar de actuar de una manera u otra, sino de tener la capacidad de actuar así y también de no hacerlo. De aprender a decir que si y aprender a decir que no. De disfrutar con el cuidar a otra persona, al tiempo que me doy cuenta cuando cuidarme a mi.

La necesidad que tenemos que formar parte de la manada es lo más humano del mundo, la cuestión es que precio estamos pagando por hacerlo y si somos conscientes o no.

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