No pretendía hacer un juego de palabras pero hoy quiero reflexionar sobre la trampa en la que caemos a veces cuando pretendemos evitar algo (un malestar, una situación, una conversación incómoda, un encuentro, una emoción). Soy plenamente consciente, desde la cabeza, que pretender evitar supone hacerlo más presente, engrandecer la vivencia, añadir sufrimiento al dolor.

Un buen ejemplo creo que es el del río que lleva agua y cuyo caudal no tiene tapones o presas (siendo éstas las que evitan el curso natural del río). De la misma manera, las personas tenemos nuestros propios tapones o presas emocionales. Somos expertas en reprimir, acallar, evitar, huir, mirar hacia otro sitio, convencernos incluso de no sentir. Somos expertas en taponar nuestras emociones, cortar el llanto aunque eso suponga tener un nudo en la garganta. Taponar los enfados, la rabia, aunque eso suponga llenarnos de contracturas o no dormir de la inquietud interna.

Evitar es una de las maneras que nos han enseñado para resolver esas emociones o vivencias incómodas. Si a eso añadimos que en los últimos años nos han vendido (y parece que, por nuestra parte, hemos comprado) que debemos estar felices a todas horas, debemos estar alegres, en calma, en paz, felices, llenos de energía, pletóricos, ilusionados y si no, somos un fracaso y tenemos que “arreglar” algo en nuestro interior.

Hemos normalizado de una manera enfermiza que las personas sanas son aquellas que no pasan por momentos bajos, ni sienten emociones desagradables. Así se le piden a las personas que resuelvan sus duelos en silencio y a ser posible rapidito. Da igual que la persona haya perdido un ser querido, una relación importante, la salud, una vivienda o un empleo. El entorno pide (exige) que no llores, que no te lamentes, que no quejes.

Este no es un alegato a la queja o al llanto, pero si es claramente una alegato a permitirme sentir como me sientas, el tiempo que necesite. Y lo curioso, o no tanto, que cuando suelto la evitación, cuando miro de frente al miedo, a la tristeza, a la incomodidad ,al enfado, éste se hace más ligero y sin esfuerzo va cambiando hasta convertirse en otra cosa, ,casi sin darme cuenta.

Ocurre cuando me pongo enfrente, sin juzgar lo que me está ocurriendo como algo que no debería estar ahí o como algo que quiera alimentar por alguna razón. Simplemente lo observo, me doy cuenta de que está ahí y de manera compasiva, amable, intento mirar un poco más profundamente y descubrir el para qué de su aparición. Apareció para hablarme de una pérdida, de una amenaza o de un límite que se ha traspasado.

Las emociones no llegan para fastidiarnos sino para proporcionarnos información y hacernos personas más sabias, más humildes, más conectadas con la realidad.

Cuando observo esas emociones o sensaciones incómodas es importante también observar qué pensamiento o vivencia aparece asociado. No es lo mismo sentir dolor en el tobillo, que sentir dolor en el tobillo y además decirme “siempre me pasa algo cuando quiero hacer una ruta por la montaña, parece que nunca voy a poder estar bien al 100%” o no es lo mismo sentir tristeza por la ruptura de una relación que sentir esa pérdida y al mismo tiempo tener una conversación interna en la que me digo “no sé tener relaciones” o “nunca voy a tener una relación en condiciones” o cualquier otra cosa similar donde añadimos sufrimiento al dolor natural de una pérdida.

Observarnos de manera amable nos permitiría ir acercándonos, poco a poco, a una mirada más ecuánime de la realidad.

Escuchar qué podría necesitar y dármelo en la medida en que sé y puedo hacerlo nos proporciona auto sostén que no necesariamente significa “resolver” la cuestión. Si estoy triste, resolver la tristeza no pasa por hacer millones de cosas para no sentirla (eso sería la evitación que digo que hay que evitar). Resolver o sostener la tristeza puede que pase por pasar más tiempo conmigo misma, más ratos de silencio, estar un poco hacia dentro, conectar con esa emoción, llorar si me lo pide el cuerpo, lo que necesite y luego es muy probable que de manera natural, casi sin darme cuenta, la tristeza se transforma en otra emoción y así sucesivamente.

Solemos tener prisa por sacudirnos lo que no nos resulta agradable, pasar por encima, anestesiarnos pero me temo que en realidad lo que hacemos es hacer más y más grande la montaña de arena que metemos debajo de alfombra y el día que queramos barrer no vamos a saber por donde empezar.

¿Qué emociones evitas habitualmente? ¿Tienes identificado los mecanismos que utilizas para esa evitación? ¿Has escuchado qué conversación interna tienes asociada a estas emociones que evitas?

¿Qué crees que pasaría si te permitieras sentir esas emociones?

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