14 May 2019

Escuchar emociones

Voy al taller a recoger el coche que llevé esta mañana para revisión. Está aún “montado” en el elevador… escucho agobio, presión y estrés y me pregunto ¿qué tiene esto que ver conmigo? Tiene que ver con que yo también, tal como los mecánicos, he vivido situaciones de estrés y agobio en las que me he presionado incluso más que todas las que recibía del exterior.

Por alguna razón en la que no me voy a explayar ahora, mi sentido de ecuanimidad está bastante presente. Así puedo hacer esta escucha desde esa posición y notar las necesidades que se esconden en las emociones escuchadas, me marcho y volveré mañana a recoger el coche. Y esto no es lo más relevante, lo que me lleva a escribir esta entrada es lo que ha supuesto poder escuchar desde esta posición, enraizada en mi, no en mi ego, sino en mi ser compasivo, fuerte, amable y sabio y decidir desde la firmeza de mis raíces. Lo que inspira que escriba sobre ello es lo que ha sucedido después, la ausencia de malestar.

Mantengo una conversación por teléfono con una persona muy cercana con la que fácilmente reacciono en automático cada vez que se altera (algo que ocurre con frecuencia). Se altera. Siento que este centro enraizado se moviliza como espigas de trigo al son de una suave brisa, observo, sostengo y para el movimiento. Puedo seguir enraizada en mi fortaleza, sabiduría y amabilidad sin dejarme llevar por la emoción y la necesidad de la otra persona.

Lo que ocurre durante y especialmente después o quizás más bien debería decir lo que NO ocurre después de estos momentos y conversaciones es lo que quiero compartir aquí contigo. No ocurre la queja, no ocurre el insidioso bucle, no ocurres el reproche y en cambio ocurre una apertura y tranquilidad muy agradables. Ocurren una presencia en el momento (y paisaje) presente y una serenidad muy vividas.

¿Qué ocurre cuando escuchamos la emoción de otra persona? Si, lo habitual es que se activen nuestras respuestas automáticas y esas conexiones automatizadas tomen las decisiones de cómo va a seguir la conversación y la interacción.

Esto es biológicamente natural, nuestro sistema de amenaza se activa empática y simpáticamente como respuesta al mensaje de la persona con la que interactúo a través del contenido verbal y no verbal de mi interlocutor/a. Si el tono se vuelve agresivo o los gestos expresan abatimiento, se activarán unas u otras redes automatizadas en mi cerebro. Y así, la historia se repite.

La sutil diferencia supone darme cuenta de esta activación de las redes automatizadas para, conscientemente, elegir responder de otra manera. Ser consciente de que la emoción de la otra persona es suya, es su decisión, no soy yo quien tiene que sostenerla sino la otra persona. Esta otra manera supone escuchar mis propias respuestas emocionales y sus sutiles fluctuaciones para determinar qué es lo más sostenible para mí, para la persona, para la situación, desde una posición asertiva y amable. Esta otra manera no alimenta los fuegos manifiestos en la emoción y finalmente la calma se contagia (o no). La calma es mi elección quizás no de la otra persona y sostener la autonomía del “otro” marca una gran e importante diferencia tanto para mi equilibrio como para la salud de la relación.

Estas son quizás algunas de las claves para que nuestras relaciones fluyan en una reciprocidad constructiva ¿te apetece probar?

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