07 May 2019

El camino

Tras unos días recorriendo un trocito del Camino de Santiago por la costa portuguesa me quedo con la sensación de que es el camino y no el destino el que hace que la vida, un viaje, una relación, un instante tenga sentido y sea real.

Nos pasamos mucho tiempo anticipando felicidad o preocupación en lugar de permanecer en el único instante real posible, el ahora.

Y mientras caminaba procuraba estar el mayor tiempo posible en ese ahora. No siempre lo conseguía, a veces mi mente vagaba por aquella conversación que dejé inconclusa y la terminaba en mi imaginación, o pensaba en cómo iba a ser la ducha de pasadas unas horas y cómo anhelaba quitarme el calzado o mi mente se anticipaba a una situación futura imaginándome y sintiendo nervios por mi incapacidad para saber cómo gestionar algo que en realidad no sé cómo se va a producir (si es que se produce).

En otros momentos sentía mis pies pisando el suelo, la madera, la arena, la tierra, el adoquín, el asfalto, y respiraba notando como expandir los pulmones hacía que sintiera más la mochila e incluso me permitía acompasar el paso y sentir el ritmo de lo de fuera y de lo de dentro.

Aceptar el cansancio, el dolor físico, la incomodidad como parte del camino sabiendo que no hay mucho espacio para el escape a menos que decidas regresar a casa, te sientes en el sofá cómodamente y pongas los pies encima de la mesa. A menos que decidas renunciar al Camino, sabes que tendrá momentos maravillosos y otros que querrías olvidar. Momentos donde todo parece que sale como si alguien que te quiere mucho lo hubiera contratado sólo para ti y otras veces no encuentras un lugar donde comprar algo para cenar y ya tus piernas no dan más de si para seguir dando vueltas por calles incómodas que han dejado de gustarte.

Y si, no hay ninguna experiencia perfecta. De lo que si se trata es de una experiencia que puedes aprovechar para practicar la paciencia (cada etapa tiene su tiempo y su ritmo y no hay nada que pueda hacer que suceda antes de cuando sucede por lo que tener paciencia con el curso de las cosas), la aceptación (ser capaz de ver la realidad tal y como es), la mente del principiante (caminar como si no lo hubieras hecho nunca, sentir los paisajes como nuevos, observar con un espíritu de preguntarte, de ignorancia, del que no sabe), el no juicio (cuando estás en un país que no es el tuyo, a veces la mente juiciosa tiende a aparecer en demasía), el soltar, el no apego (no te aferras a ninguna sensación, a ninguna compañía de camino, a ningún paisaje), la impermanencia (sentir que todo está dejando de ser como era y cambia su naturaleza, el viento, las nubes, la luz, las sensaciones físicas, las ganas de caminar o el cansancio), la ecuanimidad (procurando no reaccionar de manera automática. Algo muy habitual cuando estamos cansadas o cansados, cuando dormimos regular o cuando no tenemos nuestro espacio de recogimiento y escucha).

El Camino (este u otro) es una metáfora de la vida misma, del proceso de apertura a lo desconocido. Caminar es poner una dirección en tu vida y pasar a la acción, sabiendo que ya no sabes más y que el control es sólo una ilusión y un obstáculo para sentir el espíritu del Camino (de la vida).

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