Supongo que con los años que ya cumpliste, sabes más o menos qué te sienta bien y qué no tanto. ¿Qué es bien? Pues aquello que satisface tus necesidades. ¿Qué necesidades? Aquellas que todas las personas tenemos: necesidades fisiológicas, de seguridad, pertenencia, reconocimiento y transcendencia o sentido.

Así, cuando tenemos hambre, si tenemos ocasión de alimentarnos, nos sienta bien, nos quedamos con nuestra necesidad fisiológica satisfecha. Lo mismo cuando dormimos cada noche. En cambio, si pasamos la noche en vela o no podemos comer, nuestro cuerpo lo nota y nuestro humor, nuestra tranquilidad, nuestro bienestar se ve alterado.

Esto que parece muy obvio con las necesidades fisiológicas o las de seguridad, parece que se complica con las de pertenencia o de reconocimiento.

En muchas ocasiones, nuestra necesidad de pertenecer a un grupo (familia, amistades, vecindario, clan) hace que nos mimeticemos o hagamos o digamos cosas que van contra nuestro criterio, nuestros valores, nuestras creencias. En estas ocasiones nos encontramos callando cuando querríamos hablar, mostrarnos, llevar la contraria o decir que no, nos encontramos también aceptando situaciones que nos parecen injustas por no contradecir, molestar o enfadar. En realidad, el temor profundo es sentirme aislada o sola.

Así, lo que parecería muy razonable, que es intentar satisfacer mi necesidad de pertenencia va contra mi bienestar porque estoy yendo contra quien soy, contra mi propia coherencia, contra mi identidad.

Nos encontramos de lleno con un conflicto en toda regla. Ellos o ellas (y me refiero al grupo en cuestión) o yo. Su criterio, sus valores o los míos.

En estos casos me gusta poner encima de la mesa una pregunta ¿Con quien vas a tener que convivir más tiempo? ¿A quien prefieres decepcionar?

Aunque la respuesta parece fácil, no lo es tanto. Evidentemente conmigo misma convivo cada día, a cada instante, pero decepcionar o disentir con otra persona tiene un coste, a veces, muy difícil de asumir y preferimos pasarnos por encima creyendo que nos sale gratis o más barato.

Y no, nada es gratis. El precio que hay que pagar por pensar o actuar o ser diferente a la norma, a lo establecido, a lo que se espera, es muy alto pero con el tiempo, a medio o largo plazo, actuar de espaldas a quien somos en realidad nos convierte en coleccionistas de relaciones en las cuales no podemos descansar y no nos permitimos ser de manera auténtica y vulnerable.

Estamos en una encrucijada que sólo tiene una posible solución y pasa por un ganar ganar. Si para que las personas a las que aprecio estén bien, yo tengo que renunciar a ser quien soy, debo cuestionarme qué clase de relación tengo o qué clase de amor nos tenemos.

Considero que la respuesta pasa por no desconectarme de mí, sino todo lo contrario. Conectar con mi emoción y mi necesidad de pertenecer, de formar parte, de conexión desde mi autenticidad y con mis luces y sombras y desde ahí encontrar personas con las que generar vínculo. Y quizá no son las esperadas o deseadas en un inicio o a priori, pero serán otras. Quizá no sientas que formas parte de tal o cual grupo, y eso traiga tristeza o frustración, pero si esa distorsión nace de respetar tu bienestar, bienvenida esa tristeza. Esa tristeza te habla de tu necesidad de conexión pero no de la necesidad de generar el vínculo con quien no te respeta o tiene en cuenta.

Que todas las personas necesitemos sentirnos queridas o valoradas no significa que mendiguemos afecto o cariño o que hagamos lo que sea para agradar.

Es importante estar presente, con lo que acontezca. Escuchar nuestro cuerpo y nuestro sentir. Comprendiendo y aceptando la situación tal y como es. Y a veces, la realidad no nos resulta fácil de digerir, pero es importante aceptarla para, desde ahí, tomar decisiones.

Ocuparnos de nuestro bienestar es también asumir nuestra responsabilidad. No podemos dejar en manos ajenas el poder que en realidad es nuestro. Nos toca ocuparnos de nuestros miedos, de nuestra tristeza, de nuestros anhelos, de nuestro bienestar en definitiva. No podemos pedir a nadie que nos priorice, nos valore, nos escuche, nos tenga en cuenta, nos respete si no lo hacemos nosotros y nosotras mismas.

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