12 Feb 2019

Gestionar la crítica

A veces no resulta nada fácil recibir un comentario que vivimos como una crítica o un juicio. Nos parece que, aunque hablen de una conducta, invalidan o cuestionan nuestra persona. Nos identificamos tanto con nuestros actos que creemos que somos lo que hacemos. De la misma manera que nos identificamos con lo que pensamos, con nuestra opinión. Por eso resulta tan difícil quedarse callado o callada cuando escuchas algo que te parece muy alejado de la realidad o de la verdad.

Estos días he tenido ocasión de experimentar como una persona a quién respeto y aprecio en lo profundo ponía en evidencia un comportamiento mío y me dejaba algo expuesta, diría también que mostraba un comportamiento mío incoherente y de alguna manera sentí que mi falta de coherencia era algo similar a estar mintiendo o engañando.

En lo profundo sé que no es cierto, pero también considero que, yendo más allá de lo incómodo de la situación, había verdad en la observación. Me sentí juzgada (en realidad, principalmente por mí). No me gustaba lo que estaba viendo. Mi ego se sentía dañado. Mi autoimagen, cuestionada.

Por un momento eso ego dañado estuvo a punto de “defenderse o justificarse” y quizá también mostrarle al otro sus supuestas incoherencias y así comenzar una escalada de egos heridos necesitados de sentimiento de superioridad o de reconocimiento y aprobación.

Me quedé en silencio, algo en shock por lo inesperado, porque lo recibido me “hería” (en realidad no me hería lo recibido sino lo que yo entendía que se había puesto en juego, era mi imagen la que se sentía herida), era como una jarra de agua fría. Sentí las sensaciones corporales, me paré a observar los pensamientos y el diálogo interior, identifiqué qué necesitaba y qué respuesta automática quería accionar. Me quedé sin reaccionar durante unos segundos, quizá un minuto de reloj y conseguí escuchar al otro sin tomármelo como algo personal. Agradecí la observación y tomé nota.

A veces, quedarse inactiva es la opción para después poder actuar con un nivel de conciencia distinto.

Y esto de la inacción lo enlazo con otra experiencia novedosa que estoy incorporando sobre todo en al ámbito familiar. Se trata de no expresar mi opinión, de no intentar convencer que mi idea es la correcta. Morderme la lengua no ha sido una práctica habitual en mí. No sé si de manera casual o causal, siempre me he movido en entornos donde dar mi opinión era posible. Me gusta opinar, me gusta debatir, me gusta escuchar y también, cómo no, creerme que tengo razón.

Las discusiones con mi padre han comenzado a pesarme. Los debates intelectuales han dejado de ser interesante. Ambos nos hemos convertido en rehenes de nuestras ideas y comenzaba a afectar a nuestra relación personal. Así que, en este momento, he optado por mantener la boca cerrada. Escucho una opinión que no comparto en absoluto y le doy espacio. Espacio a la idea y sobre todo intento separar la idea de la persona que la emite.

No digo que sea sencillo, solo digo que estoy intentándolo. En el poco tiempo que llevo haciéndolo es curioso que, sin haberlo consensuado con mi padre, él parece estar haciendo lo mismo. Me pregunto si mi movimiento o mejor dicho, mi no acción supone su no reacción.

Y esto de gestionar la crítica o las opiniones muy divergentes me recuerda que leía el otro día sobre “las cámaras de eco” relativas a que nos estamos acostumbrando a sólo escuchar opiniones idénticas o muy similares a las nuestras. Las redes sociales nos muestran en sus muros, con sus algoritmos maravillosos, aquellos contenidos que saben que nos van a gustar, así que nos acostumbramos a vivir escuchando nuestra opinión amplificada y versionada, pero nuestra opinión al fin y al cabo.

Por eso pongo hoy el foco en algo que es sencillo y que en cambio me doy cuenta que cuesta: Escuchar una crítica o valoración como lo que es y no tanto como un cuestionamiento a la persona y ser capaz de no entrar al trapo en todas las discusiones con el único afán de confirmar que tenemos razón.

Ganamos libertad en la medida que damos espacio entre lo que sucede y nuestra reacción. Damos espacio para observar(nos) y poder elegir como reaccionar.

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