Con frecuencia, repetimos frases hechas en nuestro discurso y llegamos a adherirnos a ellas con auténtico fervor. Nos aferramos a esas premisas con olor a pasado porque “no pueden estar equivocadas”. Quizás porque eso supondría tener que enfrentar una dosis de incertidumbre para la que no me termino de ver preparada, quizás porque la autoridad del pasado y de mis ancestros, me da cierta seguridad. La realidad es que cualquier frase hecha, preconcebida, repetida y rumiada millones de veces no es más que eso, una simple frase hecha.

“El ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra” te sonará familiar ¿verdad?

Te presento a mi piedra: el estrés que supone un elevado nivel de exigencia.

Escenario 1: otoño de 2017. Se suman tareas, se suman esfuerzos, noches en vela o con muy poco descanso. Se suma exigencia – lo tienes que hacer todo perfecto-, se suman miedos y yo puedos, se suman muchas cosas. No puedo controlarlo todo, en medio de la máxima exigencia de tiempo y concentración mi gata se enferma y se enferma mucho…no puedo, peto, me quiebro un poco. Esa piedra ha salido a la luz y ha sido trabajada durante un año entero.

Escenario 2: otoño 2018. Se suman tareas, esfuerzos, poco descanso físico, yo puedos y yo quieros y lo quiero hacer lo mejor posible, aunque siempre puedes un poquito más, con amabilidad pero esfuérzate un poquito, venga!  Estrés igualmente, solo que esta vez la piedra de ayer me ayuda a encontrar el tiempo para parar y rebuscar en mi caja de herramientas: respiro, paro, pido ayuda, me rindo y me cuido.

La piedra de ayer en cierta forma me enseña que la piedra de hoy puede ser la misma, solo que yo, ya no soy la misma. Las piedras en los caminos pueden enseñarnos mucho, con la disposición necesaria para extraer algún aprendizaje. Dejemos de responsabilizar a las piedras por nuestra falta de visión y de serenidad para aprender algo de los tropezones en la vida. La ceguera mental no es cosa de piedras, sino de mentes.

 

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