Se debería aprender a dejar ir antes de aprender a recibir. La vida debería ser tocada, no estrangulada.

Ray Bradbury

Estas semanas están siendo muy esclarecedoras en cuanto a experiencias y aprendizajes. Estoy comprobando, con ensayo y error, que me resulta más sereno y encuentro mayor paz dejando (o intentando dejar) de poner control a lo que sucede, entre otras cosas, porque pretender controlar me parece, cada día más, de ciencia ficción.

No hay nada o casi nada que pueda controlar y lo mejor que puedo hacer es estar muy atenta a todo lo que acontece, fuera y dentro de mí, observarlo, observarme y conectada con mis necesidades, actuar o no. Tomo conciencia que me sienta mucho mejor poner distancia entre lo que sucede y mi reacción.

Aprendiendo a esperar y comprendiendo que los tiempos no los marca mi reloj y aceptando que no manejo los hilos.

Aprendiendo que hay dolor inevitable y que cuanto más me empeño en no sentirlo, en evitarlo, más me alejo de la verdad y menos viva me siento.

Aprendiendo que como dice Ray Bradbury (frase que abre esta entrada) el apego (esa necesidad que querer atrapar lo que creemos que nos hace felices) sólo nos muestra la carencia y el miedo a perder lo que nunca fue nuestro (nada lo es).

Aprendiendo que tocar la vida, no estrangularla, es dejar que respire, es dejar que viva, es permitir que acontezca, es soltar el control. ¿Alguien se imagina queriendo evitar que un copo de nieve caiga donde le toque caer? Pues eso hacemos (o muchas veces lo pretendemos) con nuestras vidas. Queremos decidir dónde van a caer los copos, cuando debe nevar, en qué lugar y con qué intensidad.

Aprendiendo a recibir, comprendiendo que precisamente porque todo es impermanente (empieza y acaba), recibirlo es un regalo maravilloso. Aprendiendo a recibir sin esperar más regalo que el que ya recibí y del que estoy profundamente agradecida.

Aprendiendo a soltar la ilusión y la pretensión de hacer de este instante algo inmutable. Este instante, que puedo etiquetar y valorar como maravilloso, y que en un momento poco lúcido, me creo capaz de atraparlo y hacerlo eterno. Quiero hacerlo, me gustaría hacerlo, pongo esfuerzo y empeño en hacerlo. Quiero, de nuevo, sin darme cuenta, dirigir dónde deben caer los copos de nieve. Y luego, comprendo que no puede ser. Comprendo que este instante es algo único, que ya está cambiando y que como tal, ya no es lo que fue. Que es mejor decir adiós y dar la bienvenida al nuevo presente para decirle a continuación de nuevo adiós y así durante todo el tiempo que queramos vivir de manera consciente el presente.

Aprendiendo. Desaprendiendo y aprendiendo. Constantemente.

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