Quien más quien menos, todas las personas estamos inmersas en una fuente inagotable de momentos en los que debemos tomar decisiones. Unas más relevantes que otras. Todo ello, claro está, filtrado por las circunstancias que nos acompañan a cada instante. Si tenemos las necesidades básicas cubiertas e intuimos que las tendremos cubiertas en las próximas fechas…aparecen cosas del tipo:

  • Qué quiero estudiar y para qué lo hago (para divertirme, para mejorar profesionalmente, para nutrirme, para hacer contactos, para…)
  • Qué clase de relaciones afectivas quiero tener en mi vida (estables, esporádicas, con mujeres, hombres, ambos, monógamas, exclusivas, poli….)
  • Qué relaciones de amistad voy a cultivar y desde qué valores (lealtad, honestidad, generosidad, utilidad, duraderas, de verano…)
  • Qué quiero que sea mi vida profesional y qué le pido a un trabajo y qué estoy dispuesta a darle (rama o profesión, dedicación, por cuenta ajena o propia, en equipo o en solitario, estable o cambiante, exclusivo o pluriempleo, remuneración económica, salario emocional, sentido social….)
  • Cómo quiero pasar el tiempo que tengo y con quien (si es que elijo que haya un quien)
  • Resumiendo muchísimo, cómo quiero vivir y cómo quiero dejar de hacerlo.

Una decisión tras otra…unas más simples, otras más complejas.

Últimamente, estoy experimentando (aprendiendo desde la vivencia) que las respuestas a estas preguntas me limitaban (aún lo hacen a veces), pues me hacían decantarme por un camino, en muchos casos, ya pisado, explorado, conocido, reconocible. Un camino que resultaba, para mí al menos, más seguro. Comprobando también que cuando me muevo en lo conocido y seguro, descubro y aprendo menos, reafirmo más mi ego y pierdo vitalidad y flexibilidad.

En cambio, cuando dejo la puerta abierta a nuevas respuestas, a nuevas vivencias, cuando dejo que sea el instante presente, y no el plan o la decisión previa, el que hable y permita que emerjan nuevas opciones, formas, colores…ahí descubro la vida y me enamoro de ella.

Las personas que utilizamos el coaching como un instrumento para facilitar y acompañar procesos de desarrollo personal sabemos que las preguntas son faros, linternas que ayudan a explorar los caminos menos trillados. Cuando una pregunta te deja sin respuesta automática, te hace dudar, te obliga a repensar, a hablar más despacio, cuando aparecen ideas asociadas a emociones nuevas….esa pregunta es un regalo. Abrázalo. Suelta las viejas respuestas y dale la bienvenida a las nuevas (que a veces son coincidentes pero no necesariamente).

La apertura nos regala y permite eso. Nos permite una revisión en comunión con quien somos realmente, con quien nos empezamos a permitir ser, con nuestras heridas, con nuestro dolor, con nuestros anhelos, con nuestros deseos, con nuestras pasiones, con nuestro reconocimiento. Con el tiempo, vamos reconociéndonos más y más….que, para mi es conocernos, aceptarnos y querernos más profundamente.

Esta no es una invitación a no tomar decisiones, sino a ganar en apertura, libertad y ligereza. No dejarse atrapar por las respuestas que nos dimos hace un tiempo por ser correctas y coherentes. Es una invitación a repensarse y reinventarse a cada rato. Permitirse conectar con tu yo esencial y vivir plenamente todo lo que la vida te regale.

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