En los tiempos que corren aprender a gestionar la incertidumbre, aprender a tolerar no saber qué está pasando o qué va a pasar o por qué pasa lo que pasa, resulta determinante. Dice mucho de cada persona, nos habla de cómo será su día a día, sus decisiones, sus relaciones, etc..

Las personas con menos tolerancia a la incertidumbre necesitan experimentar lo que se conoce como “cierre cognitivo” que resumiéndolo un poco (o mucho, en realidad)  es la necesidad de tener una respuesta definitiva a algún problema o acontecimiento que es confuso o ambiguo.

Las personas, en cambio, con mayor tolerancia a la incertidumbre son aquellas que tienen la capacidad de convivir con el no tener respuesta, al menos una respuesta concreta o definitiva.

Todas las personas, en esa gestión de la incertidumbre, tenemos la necesidad del cierre cognitivo, aunque en distintos grados. Y son esos distintos grados, los que van a hacer que gestionemos y respondamos de manera distinta.

Necesitar tener una explicación o tener una respuesta a lo que sucede provoca que en muchos casos simplifiquemos la realidad, no seamos capaces de ver más allá de nuestro mapa y que tomemos decisiones precipitadas por aquello de acallar la duda que nos quema por dentro.

Gestionar la incertidumbre supone aprender y comprender que no todo depende de nosotros, de nosotras. Que nos relacionamos con otros seres que también toman decisiones y éstas nos influyen, nos interpelan, que además hay circunstancias ajenas, externas (situación económica del país, condiciones del mercado laboral), así como circunstancias internas que no podemos cambiar (nuestra edad, algún tipo de enfermedad). Distinguir todo esto de lo que sí depende de nuestra persona, nos dará lucidez para gestionar la incertidumbre.

Aprender a gestionar la incertidumbre supone estar abierta a nuevas formas de vivir, de ser, de estar, de hacer, de relacionarse. Comprender que no hay respuestas perfectas ni adecuadas, sino nuevas preguntas, nuevas formas de cuestionarnos el mundo, nuestra existencia. Que las certezas nos invitan a creernos ya hechos, a interrogarnos poco o nada y a querer que todo lo que nos rodee sea como el mundo que nos hace sentirnos personas seguras, con vidas seguras.

Aprender a gestionar la incertidumbre hará que aprendamos a surfear las olas sabiendo que no será fácil, que nos caeremos, que tragaremos agua, pero también que nos convertiremos en personas más resilientes, más capaces de levantarnos y salir fortalecidas de cada revés.

Gestionar la incertidumbre es abrazar  la vida, es saberse en construcción, es mirar el mundo con humildes ojos de la persona que sabe que no lo sabe todo, la persona que quiere comprender el mundo también con la mirada y la aportación ajena, generando una mayor empatía, entendimiento, creatividad e innovación en nuestra existencia.

Gestionar la incertidumbre es básicamente aprender a gestionar la vida.

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