19 Feb 2018

Cierra los ojos

Cierra los ojos, siéntate de tal manera que estés en una posición cómoda, activa, despierta y sin tensión. Haz un par de respiraciones largas y profundas. Puedes aprovechar cada vez que sueltas el aire para ir soltando todas las tensiones del día, todas las exigencias, todos los “deberías”, todos los “tengo que”. Y poco a poco, de manera natural, deja que tu cuerpo respire solo, deja que tu cuerpo decida cómo quiere y puede respirar.

En los próximo minutos procura tener toda tu atención de manera consciente en algo que esté sucediendo en estos momentos, en este presente. Puede ser tu respiración natural, puede ser tu cuerpo y las diferentes sensaciones que aparecen, puede ser un sonido interno o externo. Pon tu atención activa sin juicio.

Tu cuerpo no tiene que sentirse de ninguna manera, tu respiración no tiene que acontecer de ninguna manera, no hay manera buena o mala, simplemente se trata de que observes de manera ecuánime lo que hay en estos momentos. Que te abras a esta experiencia como la más real que existe en estos momentos.

Es importante que no esperes nada de ella, sólo la observes. Con paciencia, con una mirada lo más desapegada posible. ¿Qué es una mirada desapegada? Una mirada que evita el deseo de permanencia cuando lo que siento me agrada o que rechaza cuando lo que siento me resulta desagradable. Una mirada u observación desapegada significa aceptar. Aceptar lo que hay, aceptar lo que no hay. Aceptar el dolor o aceptar el enfado o el amor o la calma. Aceptar y comprender también que la impermanencia es inevitable. Todo cambia, todo se transforma, nada permanece.

Así que cierra los ojos, respira de manera natural y escucha, observa lo que aparezca, sin juicio, con aceptación. Déjalo estar y déjalo marchar. Igual que dejas entrar el aire para que oxigene tu cuerpo y dejas que se marche, para después, volver a dejar que entre y así, comprender el ritmo natural de las cosas.

Respira y observa. No hay nada que hacer. Ya está todo hecho.

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