Una de las cosas que aprendes cuando empiezas a cumplir años es que no siempre salen las cosas a tu gusto. No siempre sale el sol, no siempre apruebas los exámenes, no siempre gustas al chico que te interesa, no siempre tus padres te dejan ir donde el resto de tus amigos, no siempre puedes viajar donde desearías, no siempre consigues el trabajo que anhelas, no siempre el cuerpo te responde como te gustaría, no siempre la vida te regala lo que pides….Y si, parece obvio y no pasaría nada sino fuera porque todo esto nos genera malestar, sufrimos cuando sucede.

Y aprendemos a gestionar esa frustración, ese malestar, esa impotencia con mayor o menor habilidad. Aprendemos a identificar que teníamos expectativas y que éstas no se han cumplido. Aprendemos a ponerle nombre y a buscar alternativas para conseguir por otras vías lo deseado. Otras veces, creemos que es un buen recurso dejar de desear para así no decepcionarnos y por último, quizá, aprendemos y comprendemos que aceptar lo que es y aceptar lo que no es, evita gran parte de nuestros sufrimientos.

Decía Aldous Huxley que “La experiencia no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede” y he aprendido que una gran herramienta o recurso para gestionar lo que nos sucede es ampliar nuestro margen de libertad. ¿A qué me refiero? Me refiero a reducir los automatismos. En la medida que dejo de reaccionar a lo que me sucede, en la medida en que estoy abierta a todas las opciones, me libero de mis propios automáticos, de mis expectativas, de mis frustraciones.

Hay un cuento que creo ayuda a entender un poco mejor a qué me refiero con estar abierta a todas las opciones o reducir las expectativas:

Un granjero vivía en una pequeña y pobre aldea. Sus vecinos le consideraban afortunado porque tenía un caballo con el que podía arar su campo. Un día el caballo se escapó a las montañas. Al enterarse los vecinos acudieron a consolar al granjero por su pérdida. “Qué mala suerte”, le decían. El granjero les respondía: “mala suerte, buena suerte, quién sabe”.

Unos días más tarde el caballo regresó trayendo consigo varios caballos salvajes. Los vecinos fueron a casa del granjero, esta vez a felicitarle por su buena suerte. “Buena suerte, mala suerte, quién sabe”, contestó el granjero.

El hijo del granjero intentó domar a uno de los caballos salvajes pero se cayó y se rompió una pierna. Otra vez, los vecinos se lamentaban de la mala suerte del granjero y otra vez el anciano granjero les contestó: “Buena suerte, mala suerte, quién sabe”.

Días más tarde aparecieron en el pueblo los oficiales de reclutamiento para llevarse a los jóvenes al ejército. El hijo del granjero fue rechazado por tener la pierna rota. Los aldeanos, ¡cómo no!, comentaban la buena suerte del granjero y cómo no, el granjero les dijo: “Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?”.

Anthony de Mello
Sadhana, un camino de oración

Este granjero no permitió que sus expectativas ni las del entorno, dictaminara cómo vivenciaba su experiencia. Estuvo abierto a la misma y no la juzgó. A eso se llama ecuanimidad. No es indiferencia o hacer cómo que las cosas no te afectan. Se trata de crear cada vez más distancia entre el acontecimiento y nuestra reacción, de observar de la manera más desapegada posible.

Practicar mindfulness nos ayuda a incorporar esas actitudes a nuestro día para llegar algún día a ver el mundo como el granjero de nuestro cuento.

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