Leía hace un momento una entrevista muy interesante publicada en El País Semanal  a una psicóloga que trabaja con equipos humanos entre ellos los de organizaciones como el FC Barcelona o el Restaurante El Celler por nombrar a los muy conocidos. Organizaciones que trabajan en la prevención y gestión de los conflictos que suelen surgir en los equipos humanos.

La entrevista resuena mucho en estos momentos porque he pasado los últimos 12 días conviviendo y trabajando con unas 15 personas (desconocidas hasta este momento) preparando y sirviendo desayunos, comidas y cenas para unas 140 personas. Ninguna de esas personas éramos profesionales de la restauración. Todas las personas estábamos allí en un periodo de servicio o voluntariado (ajeno a nuestra actividad profesional habitual y no remunerado). Estos días me han servido para aprender mucho sobre las personas, sobre las relaciones, sobre los conflictos, sobre la comunicación y sobre todo y principalmente, sobre mi misma.

12 días son suficientes para que, aunque cada persona ponga la mejor de sus capacidades y voluntades, surjan diferencias, roces, malos entendidos, dificultades en múltiples formas y maneras.

Cada persona llega (a la empresa, a un equipo de trabajo, a una relación) con una construcción mental de cómo deben ser las cosas, fruto de su histórico, de sus creencias, de sus valores, de sus circunstancias, de sus necesidades. Esa construcción mental es el mapa de la realidad que cada persona se ha construido para moverse por la vida. Ese mapa, que todas las personas tenemos, no es el territorio (uno de los principios desde los que trabaja la Programación Neurolingüística) y aunque resulta obvio escribirlo y decirlo, no lo es cuando nos encontramos con tantos mapas como personas.

Si has trabajado en un equipo sabes que no todas las personas entendemos lo mismo por compromiso, por responsabilidad, por trabajo en equipo, por puntualidad, por compañerismo, por apoyo, por asumir el liderazgo….cada persona tiene su propia construcción mental, su propio mapa.

Y ahí, en ese relacionarse con otros mapas, con otras formas de entender la vida, el trabajo, las relaciones, es donde surge el conflicto y también, por supuesto, la magia.

Es donde convive el mundo interior y el exterior y forman un plato sabroso, picante, dulce y/o amargo dependiendo del momento. Y todos los sabores (también podemos hablar de emociones) son bienvenidos.

Aprender a dar la bienvenida a todo lo que suceda, observando lo que se mueve fuera de una misma y también lo que se moviliza dentro. Observando y aprendiendo. Sin parar.

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